lunes, 25 de julio de 2016

22 de Julio de 2016

El fútbol no conoce la piedad.


La distancia que separa la duda del miedo, es tan corta como un par de malos pases. Barcelona condiciona al rival y lo lleva a jugar de determinada manera. Son innumerables los ataques que parten desde el fondo. 

La separación entre centrales, la profundidad a la que se colocan los laterales tratando de ganar la espalda a extremos y orilleros rivales. Los defensores acarrean a los atacantes adversarios a lugares incómodos. No compran amagues. 

No se limitan a interceptar también va la asistencia correcta en salida. 
La recuperación de la esférica tiene lugar cerca del área oponente. 
Luego, pase de seguridad, hacia atrás para separar el balón de la presión adversaria otorga tiempo para que el equipo se vuelva a extender sobre la cancha y empiecen las rotaciones. 

Damián Díaz sabe como distribuir antes de recibir, para convertir en útil lo lírico. Mueve el balón continuamente, incluso cuando el pase parece inútil o demasiado sencillo, genera espacios nuevos, contra un adversario que intenta recuperar balón de inmediato, mediante una presión escalonada hacia delante. La tenencia del balón está vinculada al desmarque, es necesario un movimiento simultáneo sin pelota de varios jugadores. 

Ely ataca al espacio, pases por dentro para avanzar, Matías recibe y la suelta con ventaja. Álvez (13) cerca del aplauso, sus goles valen y pesan. Recuperar en campo rival, acorta el camino hacia el gol; Barcelona no depende del error ajeno, sino del ingenio de talentos explosivos que no conocen la piedad.

AB. ROBERTO BONAFONT - @RobertoBonafont
COLUMNISTA